¿Es posible cruzar el umbral que separa el mundo de los vivos del reino de los muertos y regresar para contarlo? Para los antiguos griegos, la respuesta no era solo un mito literario, sino un lugar geográfico real. En los confines del Epiro, cerca de las oscuras aguas del río Aqueronte, se alzaba el Nekromanteion: el santuario definitivo de la nigromancia y el culto a las sombras. Hasta allí viajaban peregrinos de todo el mundo heleno, dispuestos a someterse a días de aislamiento, dietas alucinógenas y rituales subterráneos con un solo objetivo: arrancar una última profecía a las almas de sus antepasados. Antes de entrar en detalle, cabe recordar y aclarar que aunque lo conocemos oficialmente en la arqueología como Nekromanteion (o Necromanteion) término que combina nekros (muerto) y manteia (profecía), en los textos clásicos más arcaicos su nombre cobra un matiz diferente. En este sentido, tenemos que remontarnos a nuestra fuente principal y primordial, es decir, a Homero y la Odisea. Ciertamente, en el poema homérico que trata del regreso (nostos) del héroe Odiseo, existe un pasaje donde, siguiendo las indicaciones rituales de la hechicera Circe, este puede descender hasta el Hades, para encontrar al adivino Tiresias con el fin de que le diga el modo de poder regresar a su casa, Ítaca. En ese contexto, el lugar se denomina originalmente Nekyomanteion. Esta variante proviene de nekyia, el rito sagrado de evocación de los muertos. No se trataba de «magia negra» o nigromancia en el sentido moderno, sino de un puente místico y respetuoso para escuchar la sabiduría de los caídos. Así, mientras que Nekromanteion nos habla del santuario físico y los rituales posteriores, Nekyomanteion nos conecta directamente con el mito fundacional del viaje al más allá.

«Tiresias predice el futuro a Odiseo» (1780-1785), Johann Heinrich Füssli. Pinterest. En este lienzo romántico se plasma la esencia de la Nekyia homérica: el héroe, defendiendo la sangre del sacrificio con su espada, escucha al adivino ciego Tiresias emerger de las sombras del Hades. Siglos después, los sacerdotes del Nekromanteion recrearían esta misma atmósfera terrorífica para los mortales comunes.
Para el pueblo griego, la experiencia en el Nekromanteion del Epiro no era una simple consulta; era una auténtica ordalía psicológica que buscaba emular el descenso de Odiseo. Nadie entraba al lugar, preguntaba y se marchaba. El proceso requería tiempo, obediencia y una profunda alteración de los sentidos. Al llegar al santuario, los peregrinos eran aislados del mundo exterior. Los sacerdotes los encerraban durante días en habitaciones completamente oscuras, despojándolos de cualquier noción del tiempo. Para potenciar el estado de trance y debilitar su resistencia mental, los visitantes eran sometidos a una dieta estricta y obligatoria. El menú consistía en alimentos específicos como habas (asociadas en el mundo antiguo con el reino de los muertos y los trastornos digestivos) y semillas de altramuz o beleño, plantas que contienen alcaloides con potentes efectos alucinógenos y narcóticos. Aturdidos por la oscuridad, el ayuno y las sustancias, los peregrinos comenzaban a escuchar rezos monótonos y cánticos rituales a través de los muros. Cuando los sacerdotes consideraban que el sujeto estaba completamente sugestionado y en un estado alterado de conciencia, lo consideraban digno de cruzar el laberinto subterráneo para ver, finalmente, a los fantasmas del ayer.

El río Aqueronte, en Epiro. Wikipedia commons. Los antiguos griegos vincularon el lugar donde habitaban los muertos, el Hades o Inframundo, con aquellos sitios donde había ríos o lagos que podían aparecer y desaparecer, conectando estos sucesos de desecación o evaporación de las aguas con lo ctónico, es decir, el mundo subterráneo sobrenatural. En la región de Épiro, al noroeste de Grecia, existió un río que se asoció desde el principio con el Hades: el río Aqueronte. Aunque pueda parecer increíble, este río es auténtico y, de hecho, sigue existiendo en la actualidad. Aqueronte o Aqueron, en griego antiguo Ἀχέρων, significa Doloroso. Esto hizo que lo asociaran con uno de los cinco ríos del Hades. A este se le unía el Cocito, que significa Lamentación. Según la tradición, por las orillas de este río estaban las almas de los que no habían podido pagar al Barquero Caronte. Por lo tanto, se hallaban vagando sin rumbo. Los otros ríos eran Flegetonte (Flamígero. Este río llevaba siempre fuego), Lete (Olvido. Se creía que si se bebía de sus aguas se perdía la memoria, de ahí su nombre) y Estigia (o la famosa Laguna Estigia, el río del Odio). Estigia era el límite entre la tierra y el mundo de los muertos. Por ahí tenían que pasar las almas con el Barquero.
El oráculo de los muertos conllevaba la bajada al Inframundo, ya que allí es donde están las almas de los difuntos. Este oráculo es mencionado por varios autores antiguos, además de Homero. También lo citan Pausanias en su “Descripción de Grecia” o Heródoto en sus “Historias”, por poner algunos ejemplos. Tanto Homero como Pausanias describen que este lugar se halla junto a una arboleda de altos álamos y sauces, consagrada a la diosa Perséfone la esposa de Hades y señora del Inframundo. Así pues, algunas personas se atrevían a iniciar este viaje y descender hasta el oráculo de los muertos.

En la imagen vemos los restos arqueológicos de lo que se supone que es el oráculo de los muertos y justo encima de construyó una iglesia dedicada a San Juan Bautista. Wikipedia commons. De hecho, la pequeña iglesia (katholikon) de este monasterio todavía sigue en pie justo encima del complejo arqueológico. Para levantar sus muros superiores, los monjes reutilizaron los bloques de piedra originales del templo. Es un ejemplo perfecto de cómo el cristianismo «sacralizó» un lugar que durante siglos estuvo asociado al paganismo y a las fuerzas del Inframundo.
En 1958, el arqueólogo Sotiris Dakaris, siguiendo las indicaciones del paisaje recogidas en la Odisea y las creencias populares de la región, cerca del pueblo de Mesopotamos, donde se afirmaba que allí estaba la entrada al mundo de los muertos, se fue a buscar el oráculo y lo encontró (o eso dice la cartelería del yacimiento, hay que tomar esto con precaución). Empezó a excavar en una iglesia y lo que halló fueron restos humanos de época micénica y un conjunto de estancias, almacenes, salas cuadradas y pasillos en forma de laberintos de época posterior. El sitio rápidamente fue interpretado por el arqueólogo como el Necromanteion homérico. Estaba junto al lago Aqueronte, el paisaje concordaba con las explicaciones de Homero, consagrado a Perséfone y, además, en las excavaciones arqueológicas se hallaron estatuillas de la diosa infernal. Esto apoyó todavía más su interpretación como oráculo de los muertos además de muchas semillas, entre ellas plantas con propiedades alucinógenas. El oráculo fue datado entre finales del siglo IV y el III a.C. En el año 167 a. C fue incendiado por completo por los romanos. Esto preservó las estructuras que estaban bajo tierra, como la cripta. A principios del siglo XVIII, se construyó el monasterio de Agios Ioannis Prodromos, con un cementerio al lado.

Cripta del Necromanteion. Wikipedia commons.
Pero en 1982, el oráculo de los muertos fue puesto en duda por el arqueólogo Dietwulf Baatz, tras examinar una serie de objetos metálicos similares a ruedas dentadas identificadas por Dakaris como parte del mecanismo para subir y bajar un caldero con el muerto dentro (en clara estafa al consultante), dijo que formaban parte de catapultas y que el oráculo era en realidad una estructura de carácter defensivo de época helenística. La polémica estaba servida. Esto fue apoyado por otros investigadores, como Daniel Ogden. Dakaris defendió siempre en sus trabajos que el oráculo era real y que se seguía un procedimiento promovido por los sacerdotes, basado en una completa sugestión para el consultante con varios días pasando de una habitación a otra en total oscuridad, a excepción de la tenue luz cuando aparecía un sacerdote, para llevarle comida o a otra estancia. La culminación sería pasar de la oscuridad a una sala con un gran caldero donde aparecía el muerto o la muerta. A estas alturas, con varios días en completa oscuridad, fantasmagóricos sacerdotes, silencio y las drogas, estaba claro que el consultante no dudaría que realmente estaba viendo a un muerto.

Sala central del oráculo. Wikipedia commons.
Si el oráculo encontrado, no lo era realmente ¿por qué se hallaron estatuillas de la diosa infernal Perséfone? La geografía homérica concuerda con la ubicación del Necromanteion, pero es cierto que este tipo de oráculos se suelen asociar al aire libre junto a los cursos de los ríos o en cuevas. Hoy en día, el visitante que acude al yacimiento se topa con una estampa fascinante: una modesta y bella iglesia cristiana cuyos muros se nutren de las mismas piedras que, dos mil años atrás, presenciaron los oscuros e hipnóticos rituales de la nigromancia griega. A pesar de que las últimas investigaciones lo ubican como un edificio fortificado, de cara al turismo sigue siendo el oráculo de los muertos (y, honestamente, me gusta pensar que podría ser el famoso oráculo y no una simple estructura para otros usos).
Fuentes:
Heródoto, 1981, Historia Libro V (Trad. Carlos Schrader), Biblioteca Clásica de Gredos, Madrid.
Homero, 1993, La Odisea (Trad. José Manuel Pabón), Biblioteca Clásica de Gredos, Madrid.
Pausanias, 1994, Descripción de Grecia (Trad. Mª Cruz Herrero Ingelmo), Biblioteca Clásica de Gredos, Madrid.
Angeli, A. (Ed.), 2015, The Archaeological Sites of Nekromanteion and Ephyra, Ephorate of Antiquities of Preveza, Preveza.
Baatz, D., 1982, «Hellenistische Κatapulte aus Ephyra (Epirus), Mitteilungen des Deutschen Archäologischen Instituts», Athenische Abteilung, nº 97, pp. 211-233.
Dakaris, S. I., 1958, ««Ανασκαφικαί έρευναι εις την ομηρικήν Εφύραν και το νεκυομαντείον της αρχαίας Θεσπρωτίας» [Excavation research at homeric Ephyra and the nekyomanteion of ancient Thesprotia]», Πρακτικά Αρχαιολογικής Εταιρείας, pp. 107-113.
Ogden, D., 2001, «The Ancient Greek Orackles of the Dead», Acta Classica, nº 44, pp. 167-195.
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