La peste no era algo nuevo. Ya existía desde la Antigüedad. El propio y famoso Pericles, por poner un ejemplo, murió de peste en la epidemia que se desató en Atenas durante la Guerra del Peloponeso. La ciudad se convirtió en una ratonera, al estar conectada con el puerto de El Pireo, fuente trascendental de abastecimiento para los y las personas que se habían refugiado tras sus muros. El propio historiador Tucídides señaló en su Historia de la Guerra del Peloponeso que dicha epidemia venía de lejos, desde Etiopía, pasando por Egipto hasta alcanzar la Hélade. Todo un desastre y más estando en plena guerra contra la otra potencia del momento, Esparta.

Imagen: La peste de Atenas (1654), del pintor flamenco Michael Sweerts (1618-1664). Extraída de https://es.wikipedia.org/wiki/Plaga_de_Atenas#/media/Archivo:Plague_in_an_Ancient_City_LACMA_AC1997.10.1_(1_of_2).jpg
Pero no es este el tema que nos ocupa, de Atenas y Esparta hablaré en otra ocasión (realmente se podrían escribir muchos post sobre estas dos ciudades, tampoco hay prisa). Esta tarde me voy hasta la epidemia que sucedió en época medieval, concretamente en lo que los historiadores e historiadoras denominamos como Baja Edad Media. Y, como todo, tiene un caldo de cultivo que provocó a buen seguro, que esta enfermedad atacase más brutalmente si cabe, a gran parte de la población europea. Si tenemos que buscar estos elementos, podemos encontrarlos unos años antes, concretamente cuando finaliza el siglo XIII (un siglo de auge y bonanza) y comienza el siglo XIV.
Efectivamente, conforme fue acabando el siglo XIII, la expansión de la economía se fue haciendo cada vez más lenta. Se agotaron las buenas tierras para roturar y se tuvieron que empezar a poner en explotación terrenos marginales de escasa calidad, los cuales no duraban mucho tiempo en activo. Aunque la economía medieval europea se había estancado, la población no paraba de crecer, con lo cual tenemos un empobrecimiento que va creciendo de manera inevitable, dando lugar a una crisis o, al menos, a sus primeros síntomas de que algo no iba bien. A estos trastornos económicos se sumó la aparición del hambre. Una etapa de clima adverso va provocando una sucesión de malas cosechas. Las propias hambrunas, bien documentadas por ejemplo en Flandes, ya provocaron muchas muertes (y aún no había llegado la peste).
Por lo tanto, tenemos una serie de factores que van a ser letales -más todavía- para lo que estaba por venir: es como las fichas de dominó cuando van cayendo en cadena. El hambre provoca mala nutrición. Como consecuencia de ello, la población no estaba fuerte al no estar bien alimentada, defensas bajas lo que da lugar a que las enfermedades hagan acto de presencia. Y vuelvo a insistir: lo peor no había aparecido, pero ya venía. Apareció a mitad del siglo XIV como un torbellino dispuesto a ir a por todas. Ya en el siglo VI había aparecido la llamada peste de Justiniano, la cual había fulminado a buena parte de las poblaciones en Europa. Sin saber cómo ni por qué, dicha peste justinianea se marchó allá por el siglo VII y pareció que no iba a volver. El problema fue que permaneció latente en la zona de Asia central pasando a China, al mundo islámico y, finalmente, a la vieja Europa.

Imagen extraída de https://historia.nationalgeographic.com.es/a/peste-negra-epidemia-que-hizo-temblar-europa_6280
En cuanto a su origen, las fuentes literarias de la época relatan (y resumo) que en el norte del Mar Negro existía una colonia comercial genovesa, Caffa, que fue asediada por los mongoles. Los atacantes lanzaron con catapultas los cadáveres de infectados de la peste a la ciudad y así se propagó la enfermedad. Sin embargo, es muy posible que las ratas transmitieran la enfermedad desde el campamento del ejército sitiador a la ciudad de forma inadvertida. Después barcos genoveses de Caffa extendieron la peste por Sicilia e Italia en 1347. A partir de aquí la peste se propagaría rápidamente por toda Europa en 1348.
Llegó y se quedó. La peste vino para quedarse, ya que, cada ciertos años, surgían nuevos brotes y se repetía la epidemia en un círculo vicioso que no permitía que la población pudiera recuperarse del todo. Efectivamente, con el primer y más virulento brote, se intentó de todo (lo que se podía en aquella época) para frenarla. Aislando los focos infectados, pero fue inútil ya que habitualmente la enfermedad no se transmitía de forma directa entre las personas sino por la vía indirecta de las pulgas y ratas negras, cosa que se desconocía en aquel momento. Muchos intentaron huir, algunos lo consiguieron, pero como la propagación iba rápida, quizá llegaban a otro núcleo y se infectaban al poco. A saber, evidentemente los ricos tendrían en principio mayor posibilidad de huida a lugares lejanos que estuvieran presuntamente «limpios» de la epidemia.

Ciudadanos de Tournai enterrando víctimas de la peste negra. Miniatura de Pierart dou Tielt, c. 1353. Imagen extraída de https://es.wikipedia.org/wiki/Peste_negra#/media/Archivo:Doutielt3.jpg
En cualquier caso y para finalizar, la peste negra provocó un grave descenso de la población europea. Si nos ponemos radicales, el investigador Benedictow , señala que esta epidemia pudo terminar con un 60% de la población europea. No obstante, hay que tener en cuenta que el impacto de la peste fue muy irregular. Mientras en unas zonas la mortalidad fue muy elevada, en otras fue más limitada. Esto es como todo, en ciertos lugares por X motivos las cosas se ponen más feas que en otros. Lo cierto es que, como he señalado anteriormente, vino y no se terminó de ir; parece que cada veinte o treinta años aparecía un nuevo brote de peste. De esta forma, se impedía que la población se recuperase de las pérdidas sufridas. La natalidad era elevada, pero la mortalidad también se mantenía muy alta, especialmente entre niños y jóvenes, por lo tanto, las poblaciones, la economía, en definitiva, todo, no se terminaba de recuperar y equilibrar. Ello va a provocar que, a partir de mitad del siglo XIV Europa entre en un largo periodo de depresión agraria que se va a prolongar durante más de un siglo. Y de lo que pasará después hablaré otro día.
Bibliografía:
DONADO VARA, J., BAQUERO GOÑI, C., ECHEVARRÍA ARSUAGA, A. (2014). Historia Medieval II (Siglos XIII-XV). Madrid: Ramón Areces.
LE GOFF, J. y SCHMIDT, J. C. (2003). Diccionario razonado del Occidente medieval. Madrid: Akal.
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