Los Juegos Olímpicos se celebraban cada cuatro años en Olimpia, en el santuario dedicado a Zeus y se desarrollaban entre finales de Julio y comienzos de Agosto, coincidiendo con la segunda luna llena después del solsticio de verano. Un mes antes del inicio de las competiciones, los atletas se concentraban en Élide, a unos 58 kms de Olimpia. Mientras tanto, al santuario afluían miles de espectadores, protegidos por la tregua sagrada que garantizaba la inviolabilidad de los asistentes a los Juegos que, en los siglos V – IV a. C., duraban cinco días.

Durante el primer día tenían lugar las únicas pruebas no deportivas: las de heraldos y trompetistas . Los vencedores conducían los actos de los días siguientes. En el segundo día se celebraban competiciones, por la mañana, carreras de caballos y de carros, tirados por dos animales, o cuadrigas, con tiros de cuatro, mientras que la tarde se dedicaba al pentatlón, que incluía lanzamiento de disco, salto de longitud, lanzamiento de jabalina, carrera y lucha. El tercer día se destinaba a celebraciones religiosas, con ritos en honor de Pélope – el héroe mítico, fundador de los Juegos – y Zeus. El cuarto día se reanudaban las pruebas, con carreras pedestres y las pruebas «pesadas»: la lucha, el boxeo y el violento pancracio, mezcla de lucha y pugilato. Los Juegos acababan probablemente con el banquete oficial en honor de los vencedores. No se sabe con seguridad si en el quinto y último día se hacían, igualmente, las ceremonias de entrega de premios, o más bien tenían lugar después de cada prueba.

Había dos tipos de competiciones:
En primer lugar, estaban los juegos por coronas; éstos eran los más importantes, los llamados Juegos Panhelénicos Olímpicos, celebrados en Olimpia, Píticos, en Delfos, Ístmicos, en Corinto y Nemeos, en Nemea. En ellos, los vencedores recibían como premio una corona vegetal que simbolizaba su triunfo. En segundo lugar, estaban los juegos en los que los vencedores recibían premios de valor material. Por ejemplo, en el siglo II a. C., en una ciudad de Asia Menor, un vencedor recibió 30.000 dracmas solo por participar en los juegos locales. En Olimpia, los vencedores recibían como recompensa una corona de olivo, sin duda el deseo de triunfar, y no el dinero, era la primera motivación del atleta. Estos vencedores obtenían una larga serie de honores y recompensas en su patria, como testimonio de la importancia que la comunidad otorgaba a los ciudadanos que la representaban en el terreno deportivo.

Citemos el espectacular recibimiento que, según Diodoro de Sicilia, se le concedió a Exéneto de Acragante tras vencer en la carrera de velocidad: «Después de haber obtenido su triunfo, lo condujeron desde el puerto a la ciudad sobre un carro y lo escoltaron, entre otros, 300 carros tirados por caballos blancos, todos pertenecientes a los acragantinos». Las ciudades asignaban elevadas recompensas económicas para los vencedores en los grandes juegos.

Se sabe que hasta comienzos del siglo VI a. C., la práctica del deporte en Grecia fue monopolio casi exclusivo de la aristocracia, la única clase social que disponía de tiempo libre y de las instalaciones para ello. En este siglo VI, y con los cambios que se sucedieron a nivel social y político, en las ciudades – estado griegas se construyeron gimnasios públicos, y esto favoreció que otras clases sociales accedieran a la práctica del deporte , lo que también se consideraba muy útil con vistas a una guerra. De esta manera, las clases sociales inferiores pudieron participar en los Juegos, aunque parece ser que al principio estaban limitados a juegos locales, no pudiendo ingresar en los Olímpicos. Sin embargo, algunas fuentes nos hablan de vencedores no nobles, como el caso de Poliméstor de Mileto, vencedor en la carrera infantil de Olimpia en 596 a. C., o el de Amesinas de Barce, en Libia, que triunfó en la lucha olímpica en 460 a. C., que se ganaban la vida con el oficio de pastor de cabras y vacas. Para cubrir los gastos de desplazamiento, estos atletas de origen plebeyo se supone que hacían fortuna antes como deportistas profesionales.

Los atletas que luchaban en boxeo y pancracio, comían carne en grandes cantidades para así aumentar su masa corporal, con el resultado que se muestra en un vaso ático de figuras negras del 520 a. C., conservado en el Museo del Louvre de París.
No finalizaremos este artículo sin antes hablar del templo a Zeus, donde se alojaba la impresionante estatua del dios, de unas dimensiones descomunales, realizada por el escultor Fidias, el más famoso de toda Grecia. Éste sitúa a Zeus entronizado, sentado en su trono, y emplea la técnica crisoelefantina, consistente en cincelar sobre marfil y añadir por encima oro, así se representa la carne y las vestimentas del dios. El trono también estaba adornado con diversas pinturas. La estatua medía 12 metros de altura y fue esculpida en marfil. Fidias era experto en el tema. Según la historia, Zeus se presentaba sentado en el trono, con el torso desnudo y un manto entre las piernas, y en su cabeza llevaba una corona de olivo. Sus ojos miraban hacia abajo, con mirada paternal, y en su mano derecha portaba un cetro rematado con un águila. Considerada una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.
Imágenes:
www.haikudeck.com
Bibliografía:
http://elsantuariodeolimpia.blogspot.com.es/
http://www.guiadegrecia.com/pelopo/olimpia.html
http://enciclopedia.us.es/index.php/Santuario_de_Olimpia
http://pedro-mundodebabel.blogspot.com.es/2011/12/maravillas-del-mundo-antiguo-vii-el.html
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